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Zapatero Mestre, pequeño

Zapatero Mestre, pequeño, es el alma callada de la calle del Callejón de las Zapatillas en nuestra villa. Su taller, con su vitrina polvorienta y su puerta de madera desgastada, ha sido un punto de referencia desde que yo era niña. Cada mañana, el olor a cuero curtido y pegamento se filtra por las rendijas, anunciando que Don Lolo —así le llamamos todos— ha comenzado su día. Él, de estatura baja y manos rugosas de años de coser suelas, siempre sonríe con los ojos cuando alguien entra. No necesita anuncios: su reputación precede a su pequeño local. Recuerdo cuando le llevé mis zapatillas de deporte con la suela despegada. Me dijo: “Déjalas, niña. Mañana estarán como nuevas… y sin coste, para la hija de la señora Carmen”. Cuando volví, las zapatillas lucían perfectas, y en el talón había un pequeño dibujo de un zapato minúsculo, su marca personal. Ahora, Don Lolo tiene 75 años, pero sigue arreglando zapatos con la misma dedicación. Su taller no es grande, pero es cálido. Es el lugar donde las zapatillas rotas recuperan vida, y donde los vecinos encontramos un poco de esa humanidad que a veces se pierde en el mundo rápido. Zapatero Mestre, pequeño? Sí, pero su corazón es enorme.

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